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Lunes 9 de junio de 2008 | Publicado en la Edición impresa 

 

Por Mario Vargas Llosa

Las lecciones de los pobres

NUEVA YORK.- Cuando murió su padre, Aquilino Flores tenía doce años y sabía que su tierra, Huancavelica, uno de los departamentos más pobres de la sierra peruana, no le depararía más futuro que la inseguridad y el hambre en que había vivido desde que nació.

Entonces, como millares de sus comprovincianos, emigró a Lima. Allí empezó a ganarse la vida lavando autos en los alrededores del Mercado Central. Era un muchacho simpático y trabajador y, un día, el dueño de uno de los autos que lavaba le propuso que le vendiera algunas de las remeras que fabricaba en su taller informal. Le dio veinte y le dijo que se tomara todo el tiempo que le hiciera falta. Pero Aquilino vendió las veinte camisetas en un solo día. De este modo, antes de haber alcanzado la adolescencia, pasó de lavador de autos a vendedor ambulante de ropa en el centro de la Lima colonial.

No tenía casi instrucción, pero era empeñoso, inteligente y con una intuición casi milagrosa para identificar los gustos del público consumidor. Un día le preguntó a su proveedor de remeras si se las podía confeccionar con figuritas de colores, que eran las preferidas de sus clientes. Y como aquél no fabricaba ropas estampadas, Aquilino subcontrató a un tintorero informal para que añadiera adornos e imágenes a las camisetas que vendía. A veces, él mismo le sugería los diseños y colores.

Como el negocio funcionaba bien, Aquilino se trajo de Huancavelica a sus hermanos Manuel, Carlos, Marcos y Armando, y los puso a trabajar con él. De vendedores ambulantes pasaron luego a ser comerciantes estables en el Mercado Central. Para conseguir los mejores sitios del local, estaban allí a las cuatro y media de la madrugada y no se movían de sus mostradores hasta el anochecer.

De intermediarios y vendedores, se convirtieron después en productores. Comenzaron con una máquina de coser en un garaje, luego otra, otra y muchas más. El gran salto del negocio artesanal de Aquilino Flores comenzó el día en que un comerciante de Desaguadero, la ciudad fronteriza entre Perú y Bolivia y paraíso del contrabando y la economía informal, le hizo un pedido de ¡diez mil dólares de camisetas con dibujitos de colores! Aquilino tuvo una especie de vértigo. Pero él nunca le había escurrido el bulto a un desafío y aceptó el reto. De inmediato, subcontrató a todos los talleres de confección del barrio, y trabajando a marchas forzadas llegó a entregar los diez mil dólares de remeras en los plazos prometidos. Desde entonces, la familia Flores se dedicó, además de vender, a producir ropas para los peruanos de bajos ingresos y a distribuir sus mercancías ya no sólo en Lima, sino por provincias, y a exportarlas al extranjero.

Cuarenta años después de su llegada a Lima con una mano atrás y otra adelante, el ex lavador de autos y ex vendedor callejero es el dueño de Topy Top, el más importante empresario textil del Perú, que tiene ventas anuales de más de cien millones de dólares y que da empleo directo a unas cinco mil personas (dos tercios de ellas, mujeres) e indirecto a unas treinta mil. Cuenta con treinta y cinco almacenes en el Perú, tres en Venezuela, varias fábricas y un próspero sistema de tarjetas de crédito para el consumo, en sociedad con un banco local. Sigue siendo un hombre sencillo, orgulloso de sus orígenes humildes, que trabaja siempre unas doce horas diarias y los siete días de la semana. Sus hijos, a diferencia de él, han estudiado en las mejores universidades y contribuido como profesionales a la formalización y modernización de sus empresas, un modelo en su género y no sólo en el Perú.

Tomo todos estos datos sobre Aquilino Flores y Topy Top de un penetrante estudio del economista Daniel Córdova y un equipo de colaboradores, que aparece en un libro recién publicado en los Estados Unidos: Lessons from the Poor ("Lecciones de los pobres"), editado por Alvaro Vargas Llosa para The Independent Institute, una fundación que promueve la cultura liberal. En él se estudian cuatro casos de empresas y los clubes de trueque que surgieron en la Argentina durante la crisis financiera del año 2001-2002. Las empresas, dos de América latina y dos de Africa, que, como las de los Flores, nacieron sin capital alguno, por iniciativa de gentes muy humildes y de educación precaria, y que, a base de esfuerzo, perseverancia, intuición y astuto aprovechamiento de las condiciones del mercado consiguieron crecer hasta convertirse en poderosos conglomerados que hoy operan en el mundo entero dando empleo a decenas de miles de familias y contribuyen así al progreso de sus países.

Es un libro estimulante y práctico que muestra, con pruebas palpables, que la pobreza es derrotable para quienes tienen ojos para ver y conciencia para aprender de los buenos ejemplos.

Lo extraordinario de estas cinco historias es que todas estas empresas salieron adelante a pesar de operar en unos contextos sociales y políticos hostiles al mercado libre y a la empresa privada, envenenados de populismo, intervencionismo estatal y corrupción, donde la propiedad privada era atropellada con frecuencia y las reglas de juego de la vida económica cambiaban todo el tiempo según el capricho de unos gobiernos demagógicos e ineptos.

Lo que muestra esta investigación es que la necesidad y la voluntad de vivir de los pobres son capaces, a veces, de superar todos los obstáculos que, en los países del Tercer Mundo, levantan contra la iniciativa individual y la libertad el estatismo, el nacionalismo económico, el colectivismo y otras ideologías antimercado. Y que la falta de capital y de formación profesional pueden, en casos extremos, ser compensadas por la experiencia práctica y el esfuerzo.

Si los Flores y los Añaños en el Perú, si la cadena de supermercados Nakamatt en Kenya y las empresas de diseño industrial Adire de Nigeria –los cuatro casos investigados en el libro– alcanzaron, pese a tantos escollos y dificultades que encontraron, la prosperidad de que ahora gozan, no es difícil imaginar lo que ocurriría si los pobres del Tercer Mundo pudieran trabajar en un contexto propicio, que alentara el espíritu empresarial en vez de asfixiarlo con el reglamentarismo y la tributación confiscatoria y, en vez de inseguridad jurídica, sus comerciantes, artesanos e industriales contaran con reglas de juego estables, claras y equitativas.

Otra de las enseñanzas de esta investigación es que la mejor ayuda que pueden prestar los países desarrollados y los organismos financieros internacionales para combatir la pobreza y el subdesarrollo no son las dádivas ni los subsidios que, en contra de los generosos propósitos que los animan, sirven para embotar la iniciativa y crear actitudes pasivas, de dependencia y parasitismo, y estimular la corrupción, sino crear las condiciones de libertad y competencia que permitan a los pobres trabajar y valerse de sus propios medios para mejorar sus condiciones de vida y progresar.

Abrir los mercados que ahora tienen cerrados a los productos que proceden de los países subdesarrollados es, según todos los economistas que escriben en Lessons from the Poor, la mejor ayuda posible que los países ricos pueden dar para impulsar el desarrollo en Africa y América latina, las dos regiones más atrasadas del mundo, pues Asia, con excepción de satrapías como Myanmar, ya parece haber despegado.

Los pobres saben mejor que nadie, porque lo han aprendido en carne propia, que no son los Estados ineficientes del Tercer Mundo, paralizados por el cáncer de la burocracia y roídos por la ineficiencia, los tráficos delictuosos, el amiguismo y otras taras, quienes los sacarán de la pobreza. Saben, como Aquilino Flores cuando se rompía los lomos lavando autos o trotando por las calles de Lima vendiendo camisetas, que su supervivencia dependía sólo de su ingenio, su trabajo y su voluntad de superación. Esa energía puede mover montañas, a condición de que no se agote y esterilice luchando contra artificiales obstáculos que vienen siempre de la intromisión estatal.

Los héroes civiles, cuyas hazañas describen los estudios de este libro, son un ejemplo vivo de que la pobreza en la que viven cientos de millones de personas todavía en el mundo no es una fatalidad irredimible, sino un mal que puede ser combatido y vencido con unas armas cuya divisa cabe en cuatro palabras: trabajo, propiedad privada, mercado y libertad.

Sábado 2 de febrero de 2008

 

Cartas de Lectores
 
 Falta de monedas

Señor Director:

"Estamos ante una situación que provoca enorme fastidio en quienes la sufren; fastidio que es agravado, pues los que deben resolverlo oscilan entre negar el problema, minimizarlo o culpar a la población por su existencia.

"Algunos funcionarios declaran que la falta de monedas es sólo una sensación. Otros dicen que las han inyectado en el sistema en cantidad suficiente. Todos, en algún momento, acusan a los propios usuarios de ser los causantes (y no las víctimas) de la notoria escasez. Pero la obvia solución es acuñar más monedas. ¿Cuántas? Todas las que la gente demande.

"Es posible que no se hayan percatado, en el Ministerio de Economía, que estamos ante un caso de emisión no inflacionaria. Cualquiera sea la cantidad que acuñen, el público, ávido, las atesorará y no tendrían ningún impacto negativo en las cuentas fiscales. Es más, sería un ingreso «gratis» para el fisco pues, en la práctica, no representaría un pasivo."

Roberto Picozi
LE 7.961.923


Juegos de poder

Señor Director:

"¿Qué nos enseña la película de Tom Hanks, Juegos de poder , más allá de lo anecdótico? Nos enseña cómo funciona el Poder Legislativo en un país desarrollado, donde un legislador común y corriente es votado por el pueblo y no por la «dedocracia» de los partidos y que, al no entrar en la «transa» con el Poder Ejecutivo, resuelve un problema monumental de derechos humanos de otra nación del Tercer Mundo, salvando miles de vidas.

"¿Por qué nuestro Poder Legislativo no actúa de la misma manera en el caso de las FARC, en vez de permitir las payasadas del Ejecutivo?"

Roberto G. Helguera
LE 4.176.705


Ricardo López Göttig envía esta nota desde LANACION.com. 

LUNES 10 de Septiembre de 2007



El demonio neoliberal


Por Ricardo López Göttig
Para LA NACION
 

Las protestas ocurridas recientemente en Chile contra la presidenta Michelle Bachelet ponen el énfasis en la crítica contra el llamado neoliberalismo, un mote de moda con contenido peyorativo. ¿Quién se proclama hoy neoliberal? Ningún político o economista asume ese rótulo. El actual presidente paraguayo, Nicanor Duarte Frutos, poco antes de asumir dijo que el neoliberalismo es el diablo.

Pero los neoliberales sí existieron, y fueron protagonistas del escenario político en la reconstrucción europea, tras la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de economistas de ideas liberales que se opusieron al ascenso del nazismo en Alemania, como Walter Eucken y Wilhelm Röpke, y de políticos como Ludwig Erhard y Müller-Armack. Eucken participó de la resistencia antinazi en su país y se vinculó con el pastor luterano Dietrich Bonhoeffer, activo conspirador contra la dictadura, ahorcado en un campo de concentración. Röpke debió emigrar primero a Turquía y luego a Ginebra, en tanto que Erhard fue obligado a renunciar a sus cátedras por sus opiniones liberales, quedando en el ostracismo interno hasta la caída del Reich. Estaban imbuidos del pensamiento de la democracia cristiana, por lo que buscaron conciliar la libertad con la equidad y la economía de mercado con la promoción del bienestar, tras la devastación de la guerra. A esta posición del nuevo liberalismo la llamaron "economía social de mercado".

Ludwig Erhard asumió como ministro de Economía en las zonas administradas por las fuerzas británicas y estadounidenses de la Alemania derrotada. Las ideas de la planificación estatal de la economía estaban en auge y los estadounidenses impusieron un severo control de precios para combatir la inflación, con la consiguiente aparición del mercado negro. Erhard, desde el ministerio, se opuso a las medidas intervencionistas tomadas por la administración militar del general Lucius Clay, liberando los precios sin su permiso en 1948. De este modo, volvieron a aparecer bienes que habían desaparecido de las góndolas y comenzó la recuperación económica de Alemania occidental. En la concepción de estos autores, el Estado debía intervenir para corregir las fallas del mercado, impidiendo la formación de monopolios u oligopolios. Erhard fue después ministro de Finanzas de Konrad Adenauer, a quien sucedió en la Cancillería, de 1963 a 1966. Los neoliberales alemanes -al igual que otros cercanos a este pensamiento, como Jacques Rueff, ministro de Charles de Gaulle, y el famoso antifascista Luigi Einaudi, ministro de Finanzas y luego presidente de Italia- promovieron economías basadas en la iniciativa privada y el libre juego de la oferta y la demanda, a la par que sostuvieron un creciente Estado de bienestar. El temor a que sus conciudadanos se sintieran tentados a apoyar electoralmente a los partidos comunistas los llevó a adoptar este tipo de políticas. Esto, sin embargo, no fue óbice para que pocos años después vieran los riesgos que implicaba el Estado providencial. Wilhelm Röpke, en su libro Más allá de la oferta y la demanda , de 1957, percibía una creciente irresponsabilidad del alemán promedio por exigir mayores beneficios, sin advertir que el dinero que administraba el Estado era el resultado de una mayor presión impositiva. También se preocupaba por el abandono de la cultura espiritual de Occidente, en un mundo cada vez más obsesionado con lo material. Alfred Müller-Armack llamó la atención por la "ideología de toneladas" imperante en las universidades: crecía el número de egresados con escasas oportunidades laborales.

Los neoliberales de la Guerra Fría, lejos de ser aspirantes a demonios, procuraron mostrar lo que ahora llamamos el rostro humano del capitalismo frente a la tentación comunista que aguardaba, tras la Cortina de Hierro, el momento para expandirse hacia el Atlántico.

El autor es director de la licenciatura en Ciencia Política de la Universidad de Belgrano.

Artículo de un miembro del foro publicado en La Capital, de Rosario.


JUEVES, 06 de septiembre de 2007

Reflexiones
Socialismo: triunfo y memoria

Por Ricardo López Göttig (*)


Con el triunfo de Hermes Binner, es la primera vez que un socialista ocupará una gobernación en Argentina. Esta victoria electoral nos permite hacer memoria sobre el honroso pasado de la fuerza política protagónica del Frente Progresista: el Partido Socialista. Fundado hacia fines del siglo XIX, el PS tuvo desde inicios del siglo pasado una destacada actuación parlamentaria con personajes de la talla de Juan B. Justo, Nicolás Repetto, Alfredo Palacios, Mario Bravo y Enrique Dickmann, entre tantos otros, que prestigiaron al Congreso. Desde las bancas legislativas y con la pluma del diario La Vanguardia, desde la tribuna de campaña hasta en la enseñanza en bibliotecas y universidades populares, los socialistas bregaron por una política más limpia y honesta basada en la confrontación franca de las ideas. Se destacaron por su activa docencia cívica, siempre esclareciendo el debate con sus libros, artículos y conferencias.

Algunas banderas de los tiempos fundacionales siguen en pie: el cooperativismo, el fomento de la paz y la educación, el repudio a la violencia y los gobiernos autoritarios de todo signo, el respeto a las instituciones republicanas, las libertades fundamentales y el orden constitucional, y la preocupación permanente por el bienestar de los obreros, las mujeres, los niños y los inmigrantes. Otras, en cambio, parecen haberse perdido por el camino a mediados del siglo XX, ante la aparición del peronismo: el libre comercio, la defensa de una moneda sana convertible al oro y la austeridad de los presupuestos gubernamentales.

Para Juan B Justo, el inteligente y agudo fundador del socialismo argentino, el capitalismo era un proceso sano si los empresarios asumían riesgos y no eran protegidos por un Estado prebendario y proteccionista. "El pueblo trabajador no quiere que se le dé, sino que se le deje de quitar mediante impuestos", enfatizaba Justo, en su constante batallar por la supresión de impuestos al consumo y a los productos importados que mejoraban la vida del trabajador. Nicolás Repetto ponía su mirada en los gastos del Estado, sobre todo en los que generaba el Congreso, para reducir la presión impositiva sobre los que sólo contaban con su salario.

Con perseverancia, repudiaron las formas fáciles de la demagogia y la adulación, del clientelismo y la dádiva. Confiaron siempre en la inteligencia y el sentido común de sus votantes y que, con el esclarecimiento a través de la voz y la palabra escrita, habrían de acompañarlos con su voto en elecciones venideras.

Los laboristas británicos rinden homenaje a Ludwig Erhard, el propulsor de la economía de mercado en la reconstrucción de la Alemania occidental, poniendo en evidencia lo que los socialistas argentinos comprendieron un siglo antes: que la iniciativa privada y el mercado libre no están reñidos con la creación de más y mejores oportunidades para todos, elevando la calidad de vida de los más necesitados.

Si el espíritu republicano, austero y democrático de aquellos tiempos fundacionales pervive en los socialistas de hoy, entonces un torrente de oxígeno está entrando en la escena política argentina.

(*) Director de la Licenciatura en Ciencia Política en la Universidad de Belgrano e investigador asociado de Cadal.



PUBLICADO EN AMBITO FINANCIERO
Edición impresa del  22/06/2007


En vez de minimizar los problemas, resolverlos 

Cuestiona este lector las justificaciones habitualmente emitidas por los más diversos funcionarios.

 Señor Director:

Nuestros funcionarios cuando se enfrentan a un problema, tienden a minimizarlo, esconderlo o negarlo.

Falta gas, se corta la luz y algunas empresas detienen su producción. Para De Vido los inconvenientes son mínimos y se deben al excesivo frío y a la herencia recibida.

Fallan los radares y los aviones no chocan por milagro. Para el gobierno, las denuncias tienen objetivos mediáticos y la seguridad es adecuada.

La inflación comienza a subir. Según Miceli, el INDEC hace mal sus cálculos y resuelve intervenirlo. Los precios siguen subiendo, pero los índices « intervenidos» se mantienen estables.

El Departamento de Estado americano advierte a sus ciudadanos sobre peligros al visitar la Argentina. Taiana califica al informe de irreal y desagradable y manda retar al embajador americano.

Hantavirus, hepatitis, gripe, dengue y meningitis generan algunos muertos. Las autoridades sanitarias descartan una epidemia y recomiendan no alarmarse.

Robos, homicidios, violaciones y secuestros. No importa su cantidad, su frecuencia ni su gravedad; la inseguridad es sólo una sensación y los episodios son aislados. Hablar de «ola delictiva» es herejía.

Si en lugar de negar los problemas, las autoridades se focalizaran en resolverlos, mejoraría la sensación y también la realidad.


Roberto Picozzi
picozzir@gmail.com


 

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Gorro Frigio, considerado desde el s. XIX como símbolo de la Libertad